24.8.07

Pelea nocturna

Hace algo más de un mes, ya hice pública la devoción que sienten por mí los mosquitos.

Pues no teniendo yo bastante conmigo misma y otros seres vivos bastante más grandes que los mosquitos, para que conciliar el sueño sea para mí la tarea más difícil a la que me enfrentaba anoche, tuve a uno de los mosquitos más grandes de los que he visto en mi vida, jorobándome media noche.

¿Quién narices dice que los mosquitos, una vez te pican, se mueren?. Éste en concreto, recorrió, en una sola noche, más partes de mi cuerpo de las que nunca haya recorrido cualquier otro ser vivo de esos que me quitan el sueño. Bueno, podría decir que, al mosquito, sólo le faltó recorrer aquellos lugares de mi cuerpo que sí han recorrido los otros seres más grandes.

Si es verdad que mueren después de picar, aquel gigantón debió de llegar al purgatorio de mosquitos bien cebadito. A lo mejor era un "rey mosquito". Puede que no sea verdad, pero una vez me contaron que la razón por la que las camas de algunos palacios y residencias de reyes y reinas son tan pequeñas, no es porque fueran mucho más bajit@s de lo que somos actualmente (que tampoco es verdad que haya tanta diferencia en la estatura media actual con la de hace un par de siglos), como piensa mucha gente, sino que tenían la costumbre de cenar MUY copiosamente por si la muerte les alcanzaba a mitad de la noche, irse "al otro mundo" con estómago bien lleno,... los pobres morían con el estómago vacío y a ellos no les podía pasar igual (algo así como lo de ciertas culturas que entierran a sus muertos con frutos, esencias aromáticas y abalorios varios, para que tengan un camino dichoso hasta llegar al "más allá"). Cenaban tanto que no podían tumbarse en la cama, les sentaría mal la cena, les daría angustia... Así que dormían recostados entre almohadones y/o cojines, semi-sentados.

Así que ya me imagino yo a mi contrincante de anoche todo rechoncho (el muy cabrón) por la cenorra que se había pegado a mi costa, intentando alzar el vuelo hacia su lecho real para frotarse la barriga y relamerse la trompa, mientras espera lo que le depara el día siguiente.

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