Soy incapaz de contar las veces que me han acusado de hermética y, sin embargo, soy capaz de contar, con los dedos de una mano, a cuántas personas les he dejado atravesar (a veces sin poder evitarlo) alguna de las rendijas de mi coraza.
También soy incapaz de contar las personas herméticas con las que me he encontrado en la vida. Algunas coinciden con las que me han acusado a mí de impenetrable, de cerrada, quizás por aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio.
O quizás... sólo tal vez... por aquello de ver nuestro reflejo en la otra persona y creer que es una lente de aumento, sin reconocer que la imagen es fiel retrato de un@ mism@.
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