Si se lo permitieran, su vida estaría mucho más alejada de sus deberes empresariales y mucho más cercana a los placeres sociales, amistosos y familiares. Y (¿por qué no?) también habría estado alguna vez más cerca de encontrar a una persona que se convirtiera en su pareja.
Mientras llenaba la lavadora de ropa que iba a necesitar para el lunes, se dio cuenta de que no metía en el tambor ni una sola prenda informal. Su ironía le llevó a pensar que si hubiera sabido el tipo de vida que iba a llevar, hubiera regalado a alguna ONG todos sus pantalones vaqueros, sus camisetas de algodón y sus deportivas, cuando hizo la última mudanza. “Igual habría hecho feliz a alguien”, dijo para sí misma. Lo dijo en voz baja y pensó en la tonta costumbre que tenía de hablar bajito estando sola en casa. Y siempre estaba sola, así que repitió: “¡Igual habría hecho feliz a alguien, joder!”.
Sin duda, el domingo estaba siendo un mal día para ella. Se sentó en el sofá olvidando poner en marcha la lavadora, y encendió la televisión sin ganas de cambiar el canal.
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Lucía estaba sentada en el suelo, frente a la torre de CDs de música que había hecho crecer durante todos aquellos años en los que se negó a descargarse música de internet. Se dio cuenta de que algunos de esos CDs los había escuchado, a lo sumo, un par de veces, e incluso algunos de ellos no los había escuchado enteros. Para colmo, le daba una pereza tremenda convertir a MP3 las canciones que más le gustaban para meterlos en su reproductor MP4, y muchas de las canciones había acabado descargándoselas de la red. Sin duda, estaba delante de una torre de un metro de altura llena de desperdicio de dinero.
Se dio cuenta de que había olvidado con qué intención se había sentado delante de los CDs, así que en lugar de seleccionar alguno en concreto, cogió aquellos que más polvo habían acumulado y les fue quitando el polvo con fuertes soplidos. Pensó que si alguien alérgico al polvo viviera con ella, acabaría matándolo de un ataque de asma. “Algo bueno tenía que tener lo de vivir sola”, pensó.
Cuando se cansó de soplar con fuerza sobre aquellas cajas de plástico, las devolvió a su sitio sin fijarse en si las guardaba en el mismo orden en que estaban anteriormente. Se levantó del suelo y pensó en hacer lo mismo que había hecho con sus CDs, pero con los libros. Se consoló a sí misma cuando se dio cuenta de que había leído casi todos los libros que tenía en la estantería, y que los que aún no había abierto, eran lo bastante nuevos como para no tener que quitarles el polvo.
A pesar de sentirse orgullosa de haber leído todas aquellas páginas, sintió un pequeño desánimo cuando pensó en las horas que había pasado leyendo en casa, sola, en lugar de estar entre amigos y (¿por qué no?) con alguna persona que se convirtiera en su pareja.
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Cuando Susana estuvo un cuarto de hora viendo la televisión sin prestar ninguna atención a lo que estaban emitiendo, se decidió a cambiar de canal con la esperanza de que, por una vez en su vida, podría encontrar algo interesante en la programación de los domingos por la tarde. No hubo suerte.
Pensó en la larga lista de DVDs con películas grabadas que tenía pero, entre las que recordaba, no había ninguna que le apeteciera ver. Además, llevaba un tiempo desligada de los estrenos y todo lo que tenía estaba demasiado desfasado como para comentarlo al día siguiente durante el almuerzo con los compañeros del trabajo.
Como si alguien se lo hubiera susurrado al oído, recordó de repente que tenía que poner la lavadora en marcha. Se prometió que en el próximo lavado habría unos vaqueros y alguna camiseta.
“Ya es hora de que me quite el pijama”, dijo (esta vez en voz alta). Se metió en la ducha y al salir se puso ropa de lo más informal.
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Para Lucía, aquel domingo estaba siendo de lo más normal. Se levantó en el mismo momento en el que el cuerpo le había dicho que no podía estar más en la cama, ni un minuto más ni uno menos. Se puso el chándal, la cazadora vaquera que le cogió prestada a su hermano años atrás, y las zapatillas de “andar mucho”. Nunca lo hacía, pero esta vez, se preguntó para qué se ponía esas zapatillas, si todos los domingos acababa desayunando en el bar de la esquina.
Siempre iba al bar con la intención de leer el periódico, pero en casi todas las ocasiones, el periódico estaba pillado y acababa leyendo el libro que estuviera acabando esa semana. Este domingo tampoco fue una excepción en eso.
Se dio cuenta de que estaba leyendo de una manera casi mecánica, sin detenerse demasiado en las palabras. No recordaba en qué momento aquel libro había dejado de tener interés para ella.
Se levantó, pagó el desayuno, y volvió a casa.
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Susana se miró al espejo intentando recordar cuándo fue la última vez que se había vestido de aquella manera. “No recordaba lo cómodo que es vestir así”, se dijo.
Volvió a mirarse en el espejo y dijo “Ya estoy lista”, como cada mañana cuando el mismo espejo devolvía la imagen de una mujer de negocios.
Se vio sonriéndose a sí misma cuando pensó que esa tarde se sentía “más ella” que cuando se ponía sus trajes de chaqueta.
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Justo cuando estaba abriendo la puerta de casa, Lucía recordó por qué se había sentado la tarde anterior delante de sus CDs. Tenía que encontrar aquella versión de “Ojos verdes” que tanto le gustaba a su madre. Su hermano le había preguntado por ella, y estaba casi convencida de que se la pidió sin saber que le gustaba a la madre de ambos.
Fue directa a por el único CD de “Martirio” que tenía y se lo llevó al ordenador para convertir la canción a MP3.
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Cuando Susana se vio rodeada de gente en el centro comercial más cercano a su casa, se sorprendió al ver que, a pesar de que hacía un tiempo estupendo, había más gente ahí dentro que en el parque que había atravesado para llegar hasta allí.
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Lucía terminó de convertir “Ojos verdes – ver. Martirio” y se lo mandó adjunto en un mail a su hermano. En el asunto escribió: Me encantaría que algún día me contaras para qué me pides estas cosas.
No quería quedarse en casa pensando en las razones por las que entre ella y su hermano había ese abismo emocional. Se cambió de ropa y salió.
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Susana se metió en el cine a ver una película que no le interesaba especialmente, pero al menos le permitiría estar rodeada de gente y sin necesidad de hablar con nadie.
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Lucía se estaba preguntando por qué se había metido a ver aquel bodrio de película cuando, antes de que apagaran las luces, se fijó en aquella chica, sola, de ojos verdes… Sonrió al recordar la canción que acababa de escuchar.
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Susana salió medio dormida del cine y se fue directa a una cafetería.
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Lucía siguió a aquella chica y se sentó en la misma mesa. Sonrisas.
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Fue el último fin de semana que pasaron solas… y separadas.