Bueno, llegamos al ecuador de nuestro viaje con un caluroso día (otro más). Nos pasamos la mañana recorriendo la villa olímpica. Llegamos allí y todo estaba medio muerto. Había indicios de que por la zona iba a haber bastante movimiento en cuanto abrieran todos los puestos que en España llamamos "de hippies".Mientras "MariReto" y yo nos pegábamos la paliza de subir la colina desde la que se ve toda la villa olímpica y comentábamos la moral que tienen algun@s de subir y bajar la colina haciendo footing o en bicicleta (moral sobre todo para subir, que bajar ya es otra cosa), y nos preguntábamos para dónde teníamos que mirar para ver si se veían Los Alpes (a lo que nosotras mismas nos respondimos que "ni idea", pues no sabíamos si quedaban al norte o al sur, ni dónde estaba en ese momento ni el norte ni el sur... y encima estábamos rodeadas de moscas del tamaño de una almendra que no nos dejaban pensar); la gente empezaba a invadir la entrada de la torre más alta de Europa, para ver las vistas panorámicas aprovechando que había un cielo de lo más despejado.
Después de bajar la colina, nos unimos a la gente que esperaba subir a la torre. Aprovechamos bien el precio de la entrada (el derecho a meterte en el ascensor en el que empiezas a notar la presión en los oídos a partir de cierta altura). Acabamos tomando "un algo" en el restaurante giratorio que está bajo la plataforma de panorámicas. El restaurante completa una vuelta cada 48 minutos y nosotras llegamos a dar casi 3/4 de vuelta, así que pudimos ver toda la extensión de Munich desde lo alto. Que luego nos digan que es pequeña, ¡ja!.
Y tanto tiempo girando, al final llegamos a la base de la torre medio mareás. Que "MariReto" se asustó consigo misma cuando casi sale de la tienda de souvenirs atravesando un espejo, y yo me pasé por lo menos cinco minutos pensando que, si me quedaba quieta, los artículos de la tienda acabarían dando vueltas entorno a mí.
De allí nos fuimos a una de las cervecerías más antiguas de Munich (con un par de despistes en el metro incluídos). "MariReto" y yo, hemos descubierto que debemos de ser un cachondeo comiendo y bebiendo... o que los bávaros se toman a guasita esto de la hora de comer. No es habitual en Alemania que no saquen a la vez los platos de una mesa (sobre todo si son sólo dos y además iguales). Cuando le pusieron a "MariReto" su plato, la insistimos al camarero con un "Another one, another one!", temiéndonos que hubiera confundido "Un par de salichichas d'estas" con "Un par de platos con un par de salchichas d'estas". El camarero, que por lo visto no había tenido confusión alguna, se cachondeó de nosotras con cara de "Joer! Qué hambre deben de tener estas chicas!"... extendiendo el cachondeo a la hora del postre, poniendo cara de sorprendido al ver que sólo pediámos un MEGA-postre (porque era tan "mega" que con él cumpliámos de sobra las dos).
Yo, entre plato y plato (y entre risita y sonrisita del camarero... - para que luego digan que los alemanes son serios - ) escribí mi habitual ristra de postales, que me gusta mantener como una especie de tradición.
Así que el ecuador del viaje terminó con mis deberes postales terminados y un cocktail con puré de fresas (casi interminable) cerca del hotel. Ya nos volvimos al hotel con la sensación de que estábamos en la recta final... ¡qué tremendistas!.
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