Esta es la ciudad que la vio nacer. Es la que le dio el gentilicio que la acompañó toda su vida. La que le hizo sentir que en algún punto del planeta tendría un vínculo que nunca la abandonaría.
Volvió a ella esperando recuperar aquello que en un momento de su vida pensó que había olvidado para siempre. Aquello que sintió que iba a ser irrecuperable por aquella época en la que se prometió romper con todo. Había hecho tantos esfuerzos por sentirse unida a todo lo que fuera diferente del pasado, que llegó a sentirse ridícula el día que reconoció en sí misma que había algo imposible de cambiar.
Llevaba años negándose cuáles eran los verdaderos motivos que le habían provocado salir huyendo. Corría hacia el futuro, cambiándolo desde el presente, sin darse cuenta de que el presente de hoy es el pasado de mañana.
Destruía continuamente creyendo que estaba construyendo. Sus actos tenían el efecto de un huracán mientras ella pensaba que estaba viviendo la calma que sigue a la tempestad.
Mientras hacía y deshacía, deshilvanando lo hilvanado, nunca se encontró con nadie que pudiera enseñarle el camino que estaba recorriendo. Nunca encontró a quien le hiciera detenerse para detener su propia demolición. Cuando alguien caía debido a un empujón de su energía negativa, ya no había posibilidad de levantarle invirtiendo el sentido de su energía. O no había tiempo, o no había ganas, o ya no le importaba. Se había prometido mirar siempre hacia adelante y nunca incumpliría su propia promesa.
Y aunque nunca se paró a mirar atrás, sabía que allá a donde iba, siempre viajaba con ella la experiencia. Sabía que aquella experiencia era cada vez mayor y que estaba convirtiendo en un equipaje invisible pero cada vez más pesado, que le iba añadiendo a sus pasos más dificultades que facilidades. Cada vez que sentía que el peso sobre sus hombros empezaba a ser una molestia, se desprendía de algunas enseñanzas de su experiencia para dejarlos caer por el barranco del olvido.
Nunca echó en falta ninguna de esas vivencias que dejó abandonadas en aquel barranco. Nunca se arrepintió de lo que decidió dejar, aunque tampoco sintió que lo que decidió mantener en su equipaje fuera la mejor elección.
No prolongó innecesariamente ningún estado de ánimo, ningún sentimiento, ni ningún pensamiento. Ni siquiera persiguió el sentido de la vida porque desde el origen de su huida tenía claro que no lo iba a encontrar.
Profesaba tanto y tan fielmente su propia individualidad, que con las tijeras más grandes y más resistentes que su imaginación pudo idear, cortó uno por uno todos los hilos que la unían a cualquier persona, lugar o materia. Y si a lo largo de su camino, sentía que algún hilo volvía a formarse o volvía a aparecer, lo volvía a cortar... ras, ras... ¡se acabó!.
Siempre estaba inquieta. Aunque llegara en algún momento a un punto de aparente paz, las decisiones que tomaba volvían a llevarle a un estado de movimiento interno más cercano a lo desconocido por descubrir, que a lo conocido por disfrutar.
Y, en realidad, nunca sabrá qué le llevó de nuevo a la ciudad que la vio nacer. Algo le había hecho volver allí y no estaba segura de querer descubrirlo. Le asustaba la idea de que, para afrontar su retorno, necesitara de aquello de lo que había estado desprendiéndose durante toda su huida. No sabía cómo iba a poder cumplir con su promesa de nunca mirar atrás, estando de nuevo allí...
Esta es la ciudad que la vio nacer, y le daba miedo que se convirtiera también en la ciudad que la viera morir... si no la que viera la muerta de su cuerpo, sí la que viera morir a su alma...
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