Nos dormimos en los laureles cuando la vida pasa por delante de nuestros ojos enviándonos señales de evolución, de necesidad de evolución.
La situación rutinaria en la que nos vemos inmers@s en ciertos momentos de la vida, nos empuja a la normalidad, a la monotonía, como la corriente de un río que desemboca siempre en el mismo mar.
Pocas veces nos ponemos a nadar contracorriente porque parece que nada ni nadie nos echa una mano para que sintamos que merece la pena el esfuerzo de no hacer lo que parece que es lo correcto.
Si sintiéramos que esforzándonos por cambiar el rumbo algo nos empuja, nos da ánimos, nos lanza el flotador, habría más ríos, más mares en los que desembocar. Habría menos batallas perdidas antes de empezar las guerras personales de cada un@.
Quien más quien menos, siente que pierde el preciado tesoro de la independencia si aparece alguien junto a quien nadar. Según yo lo veo, cada un@ puede nadar al ritmo y con el estilo que se proponga, el que elija, sin necesidad de sentir que otr@ nada por ti. No hay necesidad de perder la individualidad de cada persona; cada pensamiento, cada sentimiento, nace de un@ mism@, de ese interior que es más resistente cuanto más definido está.
La interacción de una persona con su entorno (ya sea familiar o social) o entre una persona y su pareja sentimental, supone una influencia delimitada por la fuerza del carácter de esa persona.
Igualmente, la influencia del exterior, de lo que vemos, de lo que oímos, lo que percibimos a través de cualquier sentido, en definitiva, está estrechamente ligado a la sensibilidad de cada un@. Las interpretaciones que pueden hacerse de una novela, una poesía, una película, un cuadro, una canción, incluso de una noticia del periódico o de la televisión, varían según el (la) receptor(a).
Una mente inquieta buscará el alimento que la haga moverse en la literatura, la cultura, la economía de su país, etc... y no se dejará caer dormida ante nada de lo que le llegue. No se quedará estancada en el punto donde la madurez parece que se ha estacionado para siempre.
Una mente inquieta buscará crecer y aprender a reinterpretar sus propias reacciones e incluso actitudes. Y si a pesar de todo eso, se pretende que nuestra personalidad se mantenga invariable, se pretende no perder nuestra propia idiosincrasia, necesitamos echar mano de la inteligencia, del no dejarnos llevar por el qué dirán, y si con ello no alcanzamos la felicidad, al menos deberíamos buscar sentirnos satisfech@s con cómo somos y (más importante todavía) con quienes somos.
NOTA: Hacía tiempo que no me pegaba una filosofada de éstas, pero es que yo quiero tener una mente inquieta... aunque no sé si basta con desearlo o si, simplemente, se tiene o no se tiene... esta es la cuestión.
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