Tengo en mi memoria cómo fue todo.
Estuvimos esperando a que llegara la barcaza que nos iba a adentrar en el Mediterráneo.
Dimos una vuelta al puerto de su tierra natal.
Inundaron mis manos unas pequeñas olas que busqué inclinándome sobre la barandilla que evitaba que nos cayésemos al agua.
Junto a mí estaba el pequeño de mis hermanos, sujetándome, diciéndome con sus gestos que eso era lo que a Él le hubiera gustado.
Evité mirar a mi hermana para no sentirme derrumbada ante sus lágrimas.
Teníamos el dolor palpable y el orgullo de haberle tenido como padre.
Escuchamos cómo nos decían que ese era el momento adecuado para hacerlo.
Ahogábamos nuestras lágrimas para no transmitirnos aún más desconsuelo del que cada uno de sus hijos sentíamos.
Moría en nosotros esa parte del corazón que siempre que un ser querido "se va" lamenta no haberle dicho nunca que le quería.
Oímos cómo se detuvo el motor de aquella barcaza.
Y aún ahora recuerdo cómo era el tacto de lo que había sido su cuerpo.
Noto todavía en mi mano cómo fui abriéndola para que el aire me ayudara a separarme de Él.
Obligué a mi mano a sumergirse en el agua para que aquel Mediterráneo cartagenero se lo llevara para siempre.
Tuve el pensamiento de que ahora Él estaría en todas partes, porque el mar baña la tierra de varias costas, la marea hace que se renueve el mar que dibuja las playas o que erosiona las rocas (y hoy en día visito la playa más cercana a mi casa para hablar con Él).
Encontré el modo de mantenerme en pie, con aparente fuerza, con una tristeza relajada que se convirtió en melancolía.
Mientras volvíamos a la costa, me atreví a acercarme a mi hermana y con una paz que me sorprendió, me dijo al oído: "Seguro que le ha gustado".
En la orilla se había multiplicado la gente que nos estaba esperando. Gente de su tierra que nunca le olvidó, se acercó hasta allí para decirnos cuánto se alegraban de haberle conocido.
Nuestro orgullo como hijos crecía y nuestro dolor iba buscando el reposo del tiempo... sólo pedíamos tiempo para poder hablar de Él sin que el llanto nos entrecortara las palabras.
Teníamos tanto que retener en nuestras mentes, que cada uno de nosotros se sumergió en sus propios pensamientos y no volvimos a cruzar una palabra durante horas.
Íbamos de camino a nuestras casas, cada uno a la suya... y yo a la que Él llenaba, en la que Él me cuidaba, en la que Él vivía... vivía.
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