Hace poco, en uno de los powerpoints sentimentales (o sentimentaloides, según se mire) de los que me manda (demasiado a menudo) una amiga de mi "SeñoraMadre", leí una historieta en la que un padre, muy enfadado, le reñía a su hija por usar un papel de regalo muy caro para un regalo que, para más inri, no era más que una caja (también bastante cara) vacía. La niña, haciendo pucheros, le decía a su padre que le había llenado la caja de besos hasta que no cupieron más. El dramático powerpoint, contaba también que, años después, la niña moría y su padre sacaba, cada noche, un beso de la caja, la cerraba, y volvía a guardarla debajo de la almohada.
Yo, sin llegar a tanto dramatismo, llevo siempre conmigo mi propia caja ficticia. La llevo conmigo cuando voy al trabajo y la voy llenando de los besos que Ella me manda cuando estoy en la oficina. La llevo conmigo cuando voy a tomar café y la voy llenando con los besos que imagino que Ella me mandaría si hablara conmigo. La llevo conmigo cuando estoy en casa y la lleno con los besos que sueño que me envía. La llevo conmigo cuando viajo hasta "DondeEllaVive" y la lleno con los besos que me da... y la completo con los abrazos, las caricias, los TeQuiero, los detalles y los recuerdos que nuestros momentos me proporcionan.
Cada vez necesito una caja más grande y quiero llegar a necesitar una caja que no quepa en mi habitación...
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