El ambiente está húmedo como lo está durante temporadas enteras en esta ciudad en la que vivo.
La humedad entra en los cuerpos y no los abandona, instalándose alrededor de los huesos y dejando una sensación de frío de la que cuesta desprenderse.
El frío acaba invadiendo mis manos desprotegiendo del calor el resto de mi cuerpo.
Me imagino viviendo en lugares más fríos que esta ciudad que me vio nacer, y no soy capaz de imaginar cómo me enfrentaría al vaho que sale de mi boca, no soy capaz de imaginar cómo sería la bufanda que me ayudaría a evitar el enfriamiento de mi garganta , ni cómo serían los guantes que consiguieran que mis manos entraran en calor.
A pesar de todo esto, prefiero el frío del invierno que el agobiante calor del verano. Que si aquí, donde vivo, la humedad del invierno persiste haciéndome caminar encogiendo mi cuerpo, la humedad del verano hace que desee la llegada del otoño aun perdiendo la luz que en verano la da un color especial a esta ciudad.
El invierno invita al recogimiento, invita al contacto con otro cuerpo buscando su calor; las zonas de mi piel que están frías, agradecen el contacto de unas manos cálidas, las zonas de mi piel que están cálidas, agradecen poder calentar las manos heladas que deseen tocarme... esas manos, que llegan a mi cara estando frías, que recorren mi cuello y siento cómo ahí ya tienen mayor temperatura... que cuando llegan a mi pecho ya empiezan a arder y se aproximan a mi vientre dándole calor al resto de mi cuerpo... y cuando encuentran la humedad de mi interior (tan diferente a la humedad que algunas veces me hace ir encogida), hacen que el calor grabe su huella a lo largo de todo mi cuerpo, olvidándome del frío, olvidándome de todo, sólo sintiendo... sólo sintiendo SUS manos, las de Ella...
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