Va y viene el mar a la orilla y sus olas golpean con fuerza los rincones de cada roca del espigón. Parte del agua se queda entre las grietas de las rocas, investigando qué hay más adentro de lo que puede verse en la superficie.
El agua se va de viaje al interior y ve cosas que nadie más puede ver.
Bajo las rocas, una capa de arena recibe esa agua curiosa que quiere descubrir qué llegó hasta allí antes que ella... y la arena se queda mojada, esperando que le llegue más agua, agua nueva, a cada golpe de mar.
La sal del agua de mar se deja llevar y nunca sabe dónde va a acabar. La sal, transparente, le da un sabor especial que a veces sorprende.
Era tan transparente el agua de aquella playa que mi mente me engañaba y pensaba que estaba en una piscina con agua clara y clorada. Llegaron a mis labios varias gotas de mar y me sorprendió su sabor salado.
Es una de esas sensaciones que no olvidaré de mi último viaje. Una de esas sorpresas que me hacen sentirme como una niña. Uno de esos recuerdos de viaje con tan aparente insignificancia, que le hace ganar el título de "ese momento tan minúsculo en el tiempo y tan grande en mi memoria".
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