El reloj va marcando los minutos y las horas y parece que empieza a derretirse.
Los números que indican las horas se convierten en un líquido viscoso que parece que va a ser absorbido por la esfera y que vaya a desaparecer como si realmente el tiempo se esfumara con él.
El tiempo parece que se derrite y que nunca volverá a tener forma, que nunca se recuperará.
La energía que se consume en el intento de utilizar bien los segundos de los que disponemos, va convirtiéndose en calor y provoca el recalentamiento del tiempo pasado hasta ponerlo al rojo vivo, de forma que, si pudiéramos coger ese ardiente pasado y meterlo en una tinaja de tiempo fresco y futuro, levantaría un humo denso, como una cortina, que no nos permitiría ver bien el presente.
Cuando el tiempo parece derretirse, es mejor no estar pendiente del reloj, es mejor olvidar que no existen máquinas del tiempo que te transporten a algo ya vivido, y pensar que es preferible seguir adelante para seguir viviendo cosas que se convertirán el lecciones y experiencias del pasado.
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