1.9.06

Billar de niños

Ayer estuve viendo cómo jugaban al billar cuatro niños (de los cuales dos eran tan pequeños que necesitaban ponerse de puntillas) que entre tiro y tiro canturreaban canciones que (teóricamente) no deberían gustarles hasta dentro de unos años.

Uno de los que necesitaban ponerse de puntillas tenía una gracia especial para ver qué bola estaba en la mejor posición para meterla y reñía a uno de los niños (que no necesitaba ponerse de puntillas) cada vez que fallaba. Me hizo ver un espíritu estratégico y competitivo del que yo siempre he carecido. Me impresionó.

Viéndolos, me recordaron una época en la que el billar me despertó mucho interés. Por aquel entonces, siempre pensaba que, cuando tuviera mi casa, intentaría tener una mesa de billar para mi disfrute y aprendizaje. Desde que el mundo inmobiliario está como está (y mi nómina es como es), esta idea está más que abandonada (si es que hasta no me parece tan grave el tema de los mini-pisos de cierta ministra... además, Ikea puede hacer milagros con ciertas dimensiones de vivienda).

En esta época era una enana (de ahí lo ilusa que era yo con lo de mi casa con billar, biblioteca y terraza llena de plantas) a la que le seducía todo aquel/aquella que tuviera mucha habilidad para el billar. Solía coincidir con el/la más golfo/a del barrio, que era quien más tiempo pasaba en los recreativos del barrio, de la zona de veraneo o de los que estaban más cerca del instituto.

Yo entonces me sentía mayor, creía que era mayor. Y viendo el comportamiento de adultos que imitaban los niños del billar, pensé en por qué tendremos siempre tanta prisa por crecer o, más bien, por qué siempre queremos comportarnos como adultos mientras podemos permitirnos el lujo de ser niños.

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