Hace unas cuatro semanas que conseguí cambiar el blancor resplandeciente de mi piel (que los rayos de sol parecía que en mí reflejaban como si de un espejo se tratase, y no conseguían activar mi dormida melanina), por un sutil bronceado, en unas playas que bien podría decirse que son paradisíacas (y si hubiera menos cantidad de visitantes europeos que comparten Mediterráneo con nosotr@s en alguna de ella, aún serían "más paraíso"). Estoy a punto de perder del todo el sutil bronceado ("MariDivina", gracias por decirme que "me coge" un moreno bonito, hace que me apetezca recuperarlo, aunque sea sólo en parte), y cambiarlo por el bronceado típico del "DesérticoPolígonoIndustrial" que, por mucho que alguno se empeñe, es más bien inexistente.
Así que, aprovechando que mi "SeñoraMadre" se ha ido hoy a "DondeViveMiGordi", y que no se va a escandalizar porque haga topless en el balcón (y más cuando el sol tiene aún bastante fuerza), me he embadurnado de aceite solar (este no es de masajes, pero puede servir) y allí que m'he plantao, en mitad de mi balcón, toda brillante. Vamos, que si un avión hubiera sobrevolado la zona, los pasajeros se habrían encandilado con una masa humana, blanca y brillante que casi hubieran podido confundir con un gran trozo de papel de aluminio.
Y estando allí, se me han venido a la cabeza otros brillos, como el reflejo de la luz en mis gafas en un vídeo de cierto domingo picarón, o el brillo de la luz de unas velas, o el brillo de la luna (ahora que estas noches está impresionante) que podría acompañar al de las velas, o el brillo de unos ojos que ya me gustaría a mí verlos brillar por compartir las velas y la luna conmigo...
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