Muchas veces me he preguntado qué hay entre el miedo y la valentía. Más bien, me he preguntado qué te hace tener una actitud cobarde o valiente.
La seguridad.
Por ejemplo, una madre, con su hij@, ve que tiene cerca a una persona que parece tener intención de herirles y su instinto materno de protección, le da la suficiente seguridad como para coger a su niñ@ y correr sacando fuerzas de donde no las hay.
Sin irse al caso extremo de un ataque a la integridad física, cuando tememos decir a alguien algo, si tenemos la seguridad de que la otra persona te va a saber escuchar (o que te va a dejar explicarte), se lo acabamos diciendo.
Si queremos compartir algo con alguien, ya sea algo tan vasto como la vida o algo tan puntual como un viaje (por ejemplo), si tenemos la seguridad de que la experiencia nos va a resultar gratificante, nos lanzamos.
Si a la hora de exponer nuestras preocupaciones o nuestras maneras de entender aspectos de la vida, tenemos la seguridad de que no nos vamos a encontrar con el rechazo, lo hablamos, lo exponemos sin sentir que nos estamos lanzando a un precipicio bajo el cual no estamos segur@s de lo que hay.
Muchas personas no necesitan tener estos tipos de seguridades. Hacen lo que les pide el cuerpo o lo que les dicta el corazón. Entiendo que para este tipo de personas, la seguridad que les hace moverse, es la de saber que, frente a un rechazo, una decepción del otro, o una opinión totalmente en contra, son capaces de levantarse de nuevo (y a veces con mayor fuerza). Algun@s necesitan haberse visto en estas situaciones para que la experiencia les ayude a saber que son capaces de recuperarse, otr@s, desde el primer batacazo, se encuentran con la fuerza que tienen dentro sin impresionarse, sin dejarse asustar por su propia seguridad.
El crecimiento personal de cada un@ nos va definiendo. Va marcando los pasos futuros que daremos y va desviando el camino que seguimos según nos adentramos en nuestro interior. Hay quien se encuentra al principio de este camino y le queda mucho por recorrer. En contra, hay quien recorre su propio camino varias veces a lo largo de su vida. Unas veces en línea recta, sin encontrarse con nada que le detenga. Otras, se encuentran con desvíos que les proporcionan el tener que elegir entre desviarse para toparse con cosas nuevas (que pueden hacerles bien o mal) o seguir por la vía fácil y ya conocida. De estos desvíos se puede volver sin perderse o se puede quedar un@ atrapad@ hasta que se encuentre a alguien o algo que les haga volver (una reflexión, una conversación, un reencuentro...).
He conocido personas con un claro temor a profundizar en su propio yo. Se quedan en la superficie porque, en el fondo, saben que lo que pueden encontrarse en su interior, no tiene ningún orden ni explicación. No se atreven a enfrentarse al puzle de sentimientos y pensamientos por miedo a ser incapaces de encontrar las dos primeras piezas que encajen y que ayuden a encajar las restantes piezas. Otras no se atreven por la imagen final que les devuelva el puzle ya montado. Volviendo a la seguridad, si estuviéramos segur@s de que la imagen de nuestro puzle nos gusta y refleja lo que creemos ser, nos detendríamos a formarlo. O bien, si estuviéramos seguros de que, si no nos gusta lo que vemos, somos capaces de cambiarlo hasta ver algo que realmente nos refleja, nos identifica, lo haríamos sin temor.
Enfrentarse a los miedos, adquirir valentías, buscar seguridad, sentirse bien, conocerse, valorarnos, profundizar... conceptos complejos, humanos, necesarios...
1 comentario:
Creo que fue Mandela quien dijo que a lo que temiamos no era a enfrentarnos a nuestros miedos; nuestros complejos; o nuestra oscuridad, sino que lo que a lo que temíamos era enfrentarnos a nuestra propia luz; a mostrar nuestra luz interna.
Cuando salen estos temas siempre me acabo acordando de esta frase. Un saludo.
yolanda
Publicar un comentario