Procuro no pensar en mi cada vez más próximo e inminente encuentro con "Ella". A la hora de escribir esta nota faltan menos de 42 horas para ese momento. Desde que hice la reserva de los billetes de ida y vuelta para llevarme hasta donde ella está (y para traerme de nuevo a donde ella NO está), he pensado cientos de veces en cuáles serán las reacciones de ambas una vez nos encontremos cara a cara. Y mejor no pensarlo. Por muchas alternativas que se me ocurran, nunca acertaré con la verdadera sensación que se tiene cuando llega EL MOMENTO (sí, con mayúsculas). Sólo se consigue sentir una invasión de nervios, como esas nubes de verano, que descargan el chaparrón, dejan el olor a lluvia en la arena de la playa o a tierra mojada en los jardines.
A medida que se acerca la hora, la lluvia fuerte e intensa se va convirtiendo en un suave calabobos, que está presente todo el tiempo y que va empapándote el pelo y la ropa hasta traspasar tu piel... y el agua se queda dentro...
¿Y si pasa lo mismo entre nosotras?. ¿Y si nos quedamos "una dentro de la otra" como ese agua calabobos?. ¿Y si pasa todo lo contrario?. ¿Y si resulta que somos impermeables la una para la otra?... o puede ser peor... que una acabe toda chopada y la otra no se quite el chubasquero.
Por mucho que sea verdad lo que piensa "Ella" sobre cómo lleno de paja mis contestaciones a preguntas algo (o muy) comprometidas, creo que sacar la esencia de entre todas las palabras que soy capaz de mezclar entre confesiones y verdades, no es tan difícil.
Si algo soy capaz de confesar, es el temor que tengo a que ocurra algo que suele ocurrirme... y es que, ilusa de mí, a veces he pensado que impacto a algunas personas como ellas me impactan a mí... pero pasa el tiempo y te das cuenta de que pasas por la vida de alguien sin pena ni gloria... sé (o quiero creer que así es) que este no es el caso, al menos por la parte que me toca.
Como nos hemos dicho en varias ocasiones... YA SE VERÁ.
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