12.3.07

El cuento que no te conté

Érase una vez una céntrica calle de cualquier ciudad, de cualquier provincia. Caminaban dos chicas, en sentido contrario, una más rápido que la otra. Se cruzaron, se vieron y después se miraron, primero a los ojos y después recorrieron con la mirada cada una el cuerpo de la otra.

Julia se metió en el bar de la siguiente esquina, cogió el periódico de la barra y se sentó en la mesa que estaba enfrente del ventanal que daba a la calle. Cuando había leído los titulares de la portada e iba a girar la página para leer la sección de opiniones, sintió que una mano se apoyaba en su hombro derecho. Levantó la mirada y vio que la chica con la que se había cruzado estaba detrás de ella y le sonreía.

- ¡Hola!, yo soy María.
- Hola, hummm, yo soy... - María le puso el dedo índice en la labios haciéndole callar...
- Shhhh, tú eres interesante, atractiva, tienes fuerza.
- Eeehhh, gracias, pero no...
- No, nada, es la primera vez que hago algo así, no hagas que me detenga. Ven.

Y María se dirigió al aseo del bar guiñándole un ojo.

Julia se quedó unos segundos dudando qué hacer. Al final se decidió por seguir a esa mujer que se le había presentado de esa forma tan... peculiar, descarada e inesperada.

María estaba lavándose las manos y oyó que se abría la puerta del servicio. Julia estaba en la puerta.

- Me has seguido.
- Sí, ¿no era lo que querías?.
- Sí, pero pensé que no ibas a venir. Pasa. - le estaba invitando a entrar sujetando la puerta de uno de los aseos.

Julia pasó por delante de ella y se quedó apoyada en una de las frías paredes, esperando, nerviosa, ansiosa por descubrir qué iba a pasar allí dentro.

María entró, se puso enfrente de Julia, cerró la puerta, corrió el pestillo y se acercó todo lo que pudo a María. Le miró los labios y le miró a los ojos preguntándole con la mirada si tenía permiso para besarla. María no esperó a responderle, fue ella quien buscó el sabor de su boca y el de su lengua... y tras saborearla durante unos segundos, bajó sus labios por el cuello absorbiendo el perfume que ya le había embriagado cuando se le acercó en la mesa.

María, que ya empezaba a olvidar que estaban metidas en un servicio público, se atrevió a tocarle el pecho a Julia de una forma mucho menos tímida de lo que solía hacer con otras personas. Cuando Julia empezó a bajar sus manos hacia las piernas de María, oyeron cómo se abría la puerta de fuera. Dejaron de respirar con la profundidad que la excitación les provocaba. Crearon un pequeño silencio, tensión, las manos de Julia subieron hasta ponerse en la cintura de María y la miraba a los ojos preguntándole qué harían si alguien las descubría ahí juntas.

Esperaron a que se fuera la persona que les había hecho detenerse. Rompieron el silencio que se había creado con unas risas y, con ellas, rompieron la tensión.

- Esta no es buena idea, veámonos aquí.- María le dio a Julia una tarjeta.
- Pero, ¿cuándo?.
- Yo voy para allá. Tengo todo el día para esperarte.

Julia miró la tarjeta. Era de un hotel. No ponía ningún número de habitación. No tenía nada escrito, sólo tenía el nombre del hotel y la dirección. Cuando se dio cuenta, cuando iba a preguntarle cómo localizarla, vio que la chica ya se había ido. Sin más. No estaba segura de cómo había dicho que se llamaba. Sabía que era un nombre bastante común, pero no recordaba cual era.

Volvió a la mesa donde seguían estando el periódico y media taza de café con leche. Intentó seguir leyendo el periódico, pero la mente se le iba al momento que acababa de vivir y dudaba si ir o no al hotel que decía la tarjeta. Se lo preguntó una, cinco, diez veces... y cada vez que lo pensaba se ponía más nerviosa...al final se levantó, pagó su desayuno y se fue hacia la dirección que ponía en la tarjeta.

Durante el camino, estuvo repitiéndose en la cabeza qué le diría si acababa encontrándola en ese hotel. No sabía por donde empezar. No sabía si seguirían donde lo habían dejado, sólo sabía que algo la estaba llevando hasta allí, que era más fuerte el deseo de saber cómo iba a acabar eso, que lo que su mente, habitualmente tan racional, le estaba diciendo ("no vayas, no vayas").

Llegó al hotel. Respiró bien hondo antes de poner un pie en la alfombra de la entrada. Una vez en entró, miró a recepción y vio que estaba allí la chica.

- Hola. No sabía cómo iba a encontrarte.
- Te dije que tenía todo el día.
- Sí, pero no me diste número de habitación ni tu nombre.
- María, ya te lo dije.
- Lo sé. - Julia se puso colorada, le pareció que se había ofendido por el despiste.
- Tranquila, supongo que estarás casi tan sorprendida como yo.
- Pues sí, bastante... yo no sé...
- Ssshhh, vale, vale, ven. - Le hizo un gesto con la mano para que se acercara y cuando la tuvo cerca, apoyada en el mostrador, le dijo al oído, en voz muy baja: Dirijo este hotel, quiero enseñarte la suite.

Le guiñó el ojo igual que lo hizo en el bar. Julia le siguió, igual que hizo en el bar. Subieron en ascensor y mientras subían, volvieron a ponerse la una enfrente de la otra, sin tocarse, sin besarse, muy cerca, notando la respiración agitada en cada pecho.

Para María, entrar en la suite no era nada extraordinario, sí entrar con una desconocida a la que hubiera abordado de esa forma. Para Julia era todo extraordinario, entrar en una suite, ser abordada, ser besada y tocada de esa manera... y más aún por una mujer.

Sin decirse nada entre ellas, ambas decidieron dejar de pensar y se entregaron a lo que el cuerpo les pedía hacer. Sin saber cómo, se encontraron desnudas, unidas, sintiendo la piel ajena como propia y el calor del otro cuerpo hacía que ardiera el ambiente, les hacía sudar, les hacía jadear, desearse más de lo que se desearon en aquel bar, mucho más.

María, sentada detrás de Julia, la abrazaba. Con una mano acariciaba su pecho izquierdo y con la otra le cogía el hombro derecho apretándola suave pero firmemente contra sus pechos. Su sexo se unía a la parte baja de la espalda de Julia, haciendo que la humedad fuera en aumento. Bajó las manos y por la parte interna de los muslos, abrió las piernas de Julia dejando su sexo al descubierto, abierto. Acariciaba los muslos y ya no necesitaba hacer presión para abrirle las piernas, Julia estaba totalmente entregada, excitada, tan mojada como ella. La entrega de Julia le permitía tocarla y mover sus manos como si buscaran encontrarse con el calor que emanaba de ese cuerpo que estaba descubriendo, que se dejaba descubrir.

Las manos de ambas inventaron un recorrido en el cuerpo de la otra. El calor invadía ambos cuerpos, todo transpiraba seducción, erotismo, cada movimiento invitaba al siguiente, que era aún más vehemente, más pasional que el anterior. El olor de ambos cuerpos se había mezclado con el olor de las sábanas que estaban siendo testigo de aquella locura.

Julia, que hizo que María se tumbara, recorrió con sus labios la piel de su vientre, besándolo, sintiendo por primera vez el olor de otra mujer, sintiendo por primera vez lo que otra mujer pudiera sentir por sus besos, sus caricias y sus gestos libidinosos. Por primera vez, tuvo los pezones erectos de otra mujer entre los labios. Los lamió, los absorbió con suavidad, los llevó a endurecerse más aún... Dejó que María condujera su mano hasta aquel sexo tan parecido al suyo y a la vez tan diferente, y quiso adivinar qué ritmo le llevaría a culminar, qué movimiento llevaría a María a encontrarse con el éxtasis, qué le llevaría a perderse dentro de ese trance en el que estaban ambas sumidas. Su mano dejó de formar parte de su cuerpo, perdió la noción de su propio físico, ya era sólo parte de aquello, de meras sensaciones, de una mezcla de sentidos... olfato, gusto, vista, tacto... y no oía más que la respiración de ambas, el roce de sus cuerpos entre sí y con esas sábanas que estaban acompañándolas en el momento más excitante de su vida.

Se quedaron tumbadas, Julia sobre María, buscando que los cuerpos de ambas dejaran de temblar, para poderse contar qué habían sentido, para poderse preguntar por qué había ocurrido aquello. Pero no lo hicieron, no hablaron... no podían.

Cuando recuperaron el aliento, les invadió el pudor a ambas. Recogieron sus cosas, se vistieron y salieron de la habitación sin ni siquiera mirarse a los ojos.

María estuvo dos días pensando continuamente en Julia. Antes del encuentro, pasaba todos los días por delante del bar y veía a aquella chica leyendo. Siempre, cuando la veía, se decía "Algún día la conoceré"... hasta que aquel día se la encontró por la calle y le miró a los ojos, lo que le hizo decidirse a acercarse a ella de esa manera. Pensó que tenía que volverla a ver y se dirigió al bar, decidida a explicarle por qué aquel día decidió conocerla.

Miró através del ventanal y la vio sentada en una mesa, de espaldas. Se acercó, le puso la mano en el hombro.

- Hola Julia.
- ¿Perdona?. No, no soy Julia. ¿Te conozco?.
- No eres Julia. Lo siento, te he confundido. - se dio media vuelta. Se iba a marchar pero se giró de nuevo. - ¿Tú vienes mucho por aquí?.
- Sí, todos los días, ¿por?.
- Así que eras tú... pero tú no eres Julia.
- No, no lo soy. Soy Esther. ¿Querías algo?.
- No, sólo quería que fueras ella.

Julia no había tenido ocasión de decirle que estaba de paso por la ciudad, que el día siguiente se iría y que no había nada que la uniera a ese lugar. No pudo decirle que a partir de ese momento todos los recuerdos de aquella ciudad se concentraban en uno, en un cuerpo, en una pasión frenética, espontánea, algo loca.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Un 9,75... ;-)

Cris-Cris

La_L dijo...

¿La Madalena te da como para levantarte de buena mañana a leer estas cosas? :-P

¿Qué, vas a hacer ejercicio para compensar el despiporre?.

Gracias por esa notaza :-D

Besos, Laura

Anónimo dijo...

La madalena me da para mucho, aunque me desvelé con un café, que tomé en mi mundo. jajajaja...
Esta noche toca LA NIT MÀGICA, es algo que l@s chic@s de la caital del reino, no teneís la suerte de disfrutar en vuestras fallas...Tal vez el acto que más espera la gente Castellonera, a la que le gustan los cohetes y el fuego...
Deporte?? La semana que viene me tendré que poner las pilas 100000 jajaja..

Anónimo dijo...

Ufff, nena yo te doy un 10, ahora mismo voy a tener que darme una ducha fria, ja ja ja.
Marissa